Anarquía: el orden por las asociaciones de la voluntariedad

Publicado en Acracia Nº40, Marzo 2015 Por Ulises Verbenas

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Todo manual de anarquismo comienza con el desglose de la palabra “anarquía”: «del griego anarché, que significa ausencia de gobierno». Ciertamente es así, mas también es cierto que esta definición no dice mucho, dado que la palabra, por sí sola, es lo suficientemente rica como para comprender más aún la “anarquía”.

Palabra de origen griego, el prefijo “an” niega a su raíz. La raíz es “arché”, vocablo que tiene variados matices, dado que puede traducirse como origen, comienzo, extremo, punta, fundamento, principio, mando, poder, autoridad.Su uso plural, incluso, puede definirse como potencias celestiales.

 Desde esta perspectiva, la “anarquía” no niega, simplemente, la autoridad, sino la idea de qué ésta se sitúe como el origen de toda relación social, como su fundamento, que va de extremo a extremo en la sociedad. Para quienes hayan estudiado filosofía en el colegio, recordarán que los primeros filósofos, llamados “filósofos de la naturaleza”, discutían en torno al “arché” como concepto referido al origen del cosmos y elemento que permite su existencia y orden. Luego, en clases de historia, nos enseñaron la aplicación de la misma palabra, pero en otro ámbito: el arconte, es decir, el jefe de la polis griega, el magistrado, el «àrchon ontos», quien sería “el que sostiene el orden”.

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Gustav Landauer, (1870 – 1919) fue un teórico anarquista, escritor, traductor. Autor de “La Revolución” (1907)

El pensamiento anarquista, que podríamos interpretar como el ideario de la anarquía, pone en duda el supuesto de que la sustancia que compone una sociedad sea la jerarquía, instalando la solidaridad como materia que fluye a través de las relaciones sociales. Gustav Landauer, desde el sur de Alemania y hace ya un siglo atrás, definió al Estado como una forma de relación social, un status de la sociedad. Es algo que va mucho más allá de su presencia física o de su entramado como institución burocrática. Es un concepto instalado en los individuos que se expresa en el sencillo hecho de que la autoridad debe mediar todo proyecto o relación social. Leyes, patentes, permisos y normas de las cuales nadie puede escapar y cuya formulación y aplicación se realiza desde una esfera separada de la sociedad: la política.

Este concepto se proyecta en el estado de servidumbre que se reproduce en  nuestras sociedades; estado que, además, entrega las condiciones necesarias para el desarrollo económico de grandes grupos que, gracias a la adquisición de propiedades y el manejo de recursos humanos (que es un modo de referirse a las personas como bienes económicos), acumulan riquezas, una de las formas más absurdas del poder.

Esto, justamente, porque el correlato de la servidumbre es la costumbre, forma de inercia que se apropia del concepto de obediencia como si fuera un hecho natural e inevitable.

La sociedad, separada de la política y subyugada a sus necesidades económicas, es puesta en duda desde la anarquía. Ante la constatación de una deteriorada condición humana, es que las ideas anarquistas han dado vueltas una y otra vez buscando el modo de pensar y realizar otro orden. Por eso sus ideas refieren a un método antes que a un cuerpo ideológico cerrado: que la sociedad no esté separada de la política; que la economía crezca junto al pueblo que trabaja; que la educación desarrolle el sentido de responsabilidad individual. Es absurdo aspirar a una sociedad habitada por anarquistas, mas no lo es una sociedad que funcione de modo anárquico. Si retomamos la etimología de “anarquía”, la raíz que niega, el “arché”, no se traduce, en ningún caso, como orden. La anarquía no es des-orden. Para referirse al orden existen otras palabras en griego, como “kósmos” o “armonía”. Ya hubo pensadores anarquistas como Élisée Reclus que se definían como armonicistas, señalando que la anarquía es pensar el orden de otro modo, incluso como su “más alta expresión”.

De un tiempo a esta parte, se ha conocido más detalladamente el modo en que aconteció el extraño acontecimiento de la autoridad. Todavía es un misterio, ciertamente. Sin  embargo, nuestra América o diversas regiones asiáticas, según el saber que nos han legado antropólogos, demuestran que no todas las sociedades evolucionaron hacia la constitución de un Estado. Esto, en otras palabras, significa que lo que hemos conocido como autoridad es, más bien, un accidente antes que una condición necesaria para la sociedad. Según esto, es posible pensar un orden, una cierta armonía, donde la condición humana no se deteriore física y moralmente, sino que se expanda y desarrolle conforme lo hacen todos los seres animados y no animados.

Otrora un compañero definió a la anarquía como “el orden por las asociaciones de la voluntariedad”. Asociación y voluntad, fuerzas que construirían otro orden. Sin embargo, no podemos negar que éste es el gran problema: la voluntad, aquel impulso soberano que nos separe de la servidumbre y nos disponga a asociarnos libremente con otros individuos, grupos y lugares. Luchar por ello es un riesgo. El primer obstáculo es el miedo a la libertad, utopía que suele imaginarse en el campo de lo imposible. Pero, ni el razonamiento más acabado ni el estudio sociológico más elaborado podrían negarnos el intento de proyectar una vida libre: nadie puede desechar la posibilidad de la libertad si es que nunca ha vivido dicha experiencia.

La naturaleza humana es la cultura. El orden, nuestra disposición social, es una construcción cultural. Si volvemos al “arché”, concepto aplicado originalmente a la naturaleza, no puede ser inmanente e imperecedero. Muta como toda la naturaleza muta. La anarquía, que dicen que existió al comienzo de los tiempos, tampoco sería un estadio final. Sería un tránsito más. La diferencia es que no estancaría a nadie y el desarrollo de la vida humana podría crecer hasta las infinitas y huidizas fronteras de la libertad… ¿Cómo serán los días después de la anarquía?

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