(Acracia 62) El Maüñimin como sinónimo de federalismo

El título del presente artículo puede sonar un tanto redundante, pero, considero sumamente importante que, si Acracia difunde ideas u opiniones sobre el anarquismo y el federalismo, como principales motores para generar una sociedad libre o en pocas palabras para que la humanidad vuelva a su contexto original carente de Estados y fronteras. Para comprender nuestro lugar en el mundo, es importante comprender que el continente en el que vivimos no fué uno vacío u hueco, ya que el Abya Yala, nombre con el cual los Kuna identifican el gran pedazo de tierra en el cual vivimos con el caparazón de una tortuga, inmersa en el mar del universo. ¿Es posible apreciar experiencias federalistas en el territorio que habitamos, antes de la tradición occidental? En efecto, me gustaría referirme primero sobre lo ambiguo del termino mapuche o el contemporáneo concepto de nación mapuche, no obstante, me resulta importante que no se me malinterprete o se me encaje dentro del circulo de académicos que niegan la existencia de lo mapuche como Sergio Villalobos u otro sector importante de investigadores quienes apuntan a los antepasados de los mapuche modernos como “reche”, sin embargo, estas resultan ser aproximaciones abstractas que se alejan completamente de la realidad.

Pueden encontrarse efectivamente aspectos culturales comunes en cuanto a los asentamientos humanos a lo largo del Abya Yala, como por ejemplo la accidentada geografía de este inmenso continente, los grandes macizos cordilleranos de los Andes, o la Sierra madre Occidental y Oriental, las enmarañadas selvas tropicales del Amazonas o el Caribe, donde destaca una amplia red fluvial, en la cual destaca el Orinoco, el río Magdalena, además del Sinu y el Cauca principalmente. Además, en el área extremo meridional del continente se pueden encontrar dos inmensas áreas boscosas un cinturón de bosques de coníferas al este, mientras que en el oeste se puede encontrar un importante núcleo arbóreo templado lluvioso que se replica en un área septentrional del Abya Yala, entre las actuales regiones del Maule hasta Aisén, además, de las provincias argentinas de Neuquén y Río Negro. En términos geográficos este continente al parecer es un verdadero laberinto, resulta complejo imaginar cómo se generaron los asentamientos humanos a lo largo del continente y la verdad es que este tipo de fenómenos no fueron sumamente heterogéneos, lo que explica en parte el bello mosaico cultural preexistente a la llegada de los europeos, un proceso que según los últimos hallazgos arqueológicos se habría iniciado hace unos 60.000 años antes del presente (AP), es decir, un proceso de largo aliento.

Sin embargo, existe un fenómeno bastante interesante en torno a la diseminación de distintas familias lingüísticas a lo largo del Abya Yala desde la Na-Dené hasta la Tupi Guaraní se generó una diseminación dialéctica heterogénea geográficamente, es decir, las condiciones lingüísticas que unen a varios grupos de sociedades bajo un mismo tronco lingüístico pueden tener diferencias fonéticas o verbales tan grandes, que esto puede implicar que la comunicación entre grupos que comparten un tronco lingüístico común prácticamente imposible. En el contexto, en el cual nos situamos las diferencias culturales son tan notables como las que se pueden apreciar en otras realidades lingüísticas como los Arawako o los Tupi Guaraní, este fenómeno se da en gran medida producto del territorio accidentado caracterizado por una sinuosa costa, una depresión intermedia con abundante bosque y cuencas fluviales, además, de la basta cordillera. Es por este tipo de circunstancias o factores por lo que personalmente me cuesta pensar que los mapuche contemporáneos sean precisamente los mismos seres humanos que habitaban hace dos o tres mil años en este territorio, más allá de los cambios históricos, consideremos primero que nada que el concepto de wallmapu es un concepto que surge recién a principios del siglo XX o el concepto mismo de nación mapuche que nace producto de la conformación del consejo de todas las tierras (maquineado por el PS), es decir, por estas circunstancias omitiré el concepto de mapuche, por tratarse de un concepto histórico para referirme a los antepasados de éstos. El kimün kuyfi que gira en torno al Meli Witxan Mapu nos puede aclarar un poco el panorama en este sentido, pudiendo encontrar dos áreas geográficas muy disimiles entre sí, el Ngulumapu o el oeste, donde nos encontramos ubicados y el Puelmapu o el este, aunque es importante destacar que la existencia de la Füxa Mawiza nunca se materializo como una frontera como la conceptualizamos actualmente.   

El termino Nguluche para identificar a la población ubicada al oeste de la cordillera de los Andes o Fuxa Mawiza es más exacto que el concepto mapuche histórico, no obstante, este concepto no deja de ser ambiguo, ya que dentro del kimün Kuyfi podemos encontrar que este territorio dividido en función de sus características geográficas, encontrando, como, por ejemplo, el Lafkenmapu cuyo espacio se extendía desde la desembocadura del Aconcagua y se perdía en el Fuxa Wapi Chilwe (isla grande de Chiloé), además del Lelfünmapu para identificar la depresión intermedia, asimismo, como la Fuxa Mawiza identificaba la cordillera de los Andes. El tiempo en el cuál se constituyeron estos espacios se pierde prácticamente con la memoria, confundiéndose con la leyenda, para Levil el territorio habitado por los mapuche actuales se configuraron en dos espacios de tiempo remotos, el primero vendría siendo el Rüf Küyfi Em donde se supone que se creó el mundo, los seres humanos fueron engendrados por la luna (y una estrella) y en un punto indeterminado se produjo la batalla entre Kay Kay y Xeng Xeng, una batalla que por poco casi termina con la existencia material de los seres humanos, sin embargo, existe un vacío entre la creación del mundo y esta contienda beligerante. Posteriormente, el Newe Küyfi Em está relacionado con tiempo de los antepasados remotos, es decir, como éstos dieron forma a sus territorios de origen cada uno con su particularidad política, económica y espiritual propio, aunque habitaran un mismo Butalmapu; resulta difícil concebir como pudo existir un tipo de organización federalista, pero, la realidad nos puede sorprender.

La interrogante en este punto seria como se como ¿Cómo se configuraron los territorios durante el Newe Küyfi Em? Por lo tanto, para poder responder esta pregunta se puede encontrar un aspecto común dentro de los Nguluche en cuanto a la construcción de un territorio, donde la familia toma importancia, es decir, un antepasado común que se supone llego en algún momento, delimito el territorio donde viviría, asimismo los espacios que a futuro poblarían sus hijos y nietos, eventualmente esta persona seria el responsable de identificar los espacios de desarrollo religioso (feyentün), político (koyantuwe), económico, además de los espacios vírgenes del itxofilmogen donde habitan los Ngen. Por lo general, un territorio determinado por fallas geográficas se va poblando paulatinamente a medida que los hijos abandonan la ruka del padre y viven lejos de él, pero, este fenómeno se explica por dos factores más o menos importantes, el primero asociado a la defensa de un territorio, es decir, muchas familias replegadas pueden defender mejor un territorio que muchas familias apiñadas en una aldea, por otra parte, económicamente los Nguluche por lo general eran individualistas en torno a no depender de nadie a la hora mantener una familias más o menos numerosa, por ende, para mantener el jefe de hogar (Chaw o Chao) se dedicaba a la agricultura, caza y pesca, mientras que su mujer o mujeres se dedicaban a cuidar sus animales de cría, además, administrar los alimentos de la ruka, finalmente, los niños se ocupaban de recolectar, además, si un hombre tenía varias mujeres debía procurar la mantención de todas con la misma cantidad alimento, leña, una ruka propia, etc.

El amor por la libertad o la independencia de cada familia en torno a las prácticas de subsistencia no quiere decir que la inexistencia de fenómenos sociales colectivos como el feyentün donde encontramos diversas expresiones como el Füxütün, Nguillatün, Kamarrikün o el Lepün, cada una con sus expresiones locales, aunque, los williche insisten en cuanto a que la práctica religiosa del Lepün es mucho más antigua, asimismo, el malón (o la guerra), el koyantün o el Xawün como espacio político, el palin o los muchos juegos antiguos como el linao o txümün y las fiestas recreativas eran eventos sociales con una convocatoria masiva. Los elementos o conceptos esenciales que pueden explicar en torno al kelluwün o el servicio que se presta a una familia vecina (de un territorio colindante), el yafüluwün que es el apoyo mutuo en caso de desgracias ajenas y el inkawün que es el sentido de derecho e intereses territoriales colectivos, no obstante, el concepto de servidumbre que tenemos actualmente en nuestra sociedad no es el mismo que se materializan con el kona, cuya interpretación al castellano se define como servidor, pero, este concepto de servicio posee una connotación colectiva de servir al resto de personas que comparten un territorio y antepasado común, en ningún momento se da una lógica de subordinación con el longko, por ejemplo, ya que el rol de esta autoridad se limita a solucionar conflictos (internos o externos), ser portavoz del territorio, formar parte activa de un contexto espiritual o encabezar un malón si este posee un linaje de weychafe.

Dentro de cada territorio configurado por un Ngen o antepasado común encontramos un sinnúmero de autoridades sociales con distintas connotaciones, como, por ejemplo el longko, machi que posee diversas connotaciones dependiendo a lo que este enfocada, el Ngenpin quien es el encargado de desarrollar ceremonias de carácter espiritual, el werkén quien fortalece las relaciones de un territorio a otro, además de ser el portavoz de su territorio de origen, el weipife quien se encargado de la acumulación del kimün sobre toda la historia transcurrida en su linaje, el weychafe quien aboca toda su vida a la guerra, entre otras autoridades ancestrales. Por lo general, aunque cada territorio posee sus características específicas en cuanto a sus elementos sociales propios, el rol que desempeña un individuo dentro de un territorio indeterminado dentro del Ngulumapu va depender del linaje que esta persona tenga (ya sea de longko, machi, etc.), si por mala fortuna un miembro de la familia se niega a desempeñar el rol que debe desempeñar por linaje la desgracia caerá para toda su círculo familiar cercano, es decir, esto se puede traducir en muertes trágicas como una enfermedad dolorosa, morir quemado o caer desde un risco. Se supone que esta es la lógica del Azmapu, es decir, si existe una mínima transgresión ya sea en una contexto social son tus antepasados quienes son los encargados de castigar, mientras, que en un contexto natural (itxofilmogen) es un Ngen de la naturaleza quien te castiga por transgredir un espacio (estero, bosque o animal) sin pedir un permiso respectivo, resulta interesante observar como el Azmapu como marco normativo es transversal tanto en el Ngulumapu como en el Puelmapu y no haya sido impuesto necesariamente por medio de la fuerza de un Estado, esto comprueba en forma evidente que una sociedad se puede autorregular así misma. Por lo tanto, si en cada territorio existen unidades con determinadas autoridades, las alianzas entre territorios que comparten una raíz común garantizan la autonomía y se reflejan de forma maravillosa en el telar mapuche a través del Maüñimin que representa la cohesión de un territorio o de muchos territorios que son colindantes, compartiendo un antepasado común, todo esto para garantizar el bien común y la libertad, Feley.

El Lanquino Ácrata.

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Periódico Acracia N°62 (enero 2017)

Estimades compañeres

Tenemos el agrado de presentarles la edición de enero del 2017 del periódico Acracia de Valdivia, vocero de la FALV-IFA.
Los contenidos de la edición son:
– Notal editorial: Al calor de las ideas GAAV.
– Acido urbano
– Canek Sánchez y la entrevista que no fué (segunda parte y final)
– El día antes de la revolución
– El maüñimin como sinónimo al federalismo mapuche
– Lanzamiento de libro: Tintas de tierra y humo
– Los Shuar contra el estado y el capital
–  1er encuentro libertario de Calama y el alto Loa
– Invitación a Tormentas del Kaos en Coyhaique
– El equivoco de la naturaleza humana II parte
– No a la central Pililín

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(Acracia 61) Una entrevista que no fué a Canek Sanchéz

A finales del 2014 tomamos contacto con Canek Sánchez Guevara, nieto del afamado guerrillero de origen argentino, para realizarle una entrevista de opinión sobre algunos aconteceres de la isla cubana, más argumento no estar tan al tanto últimamente, ya que llevaba viviendo varios años ya en México. Pronto la entrevista pasó a segundo plano (la verdad era que desviaba la atención mientras trataba de formular preguntas más o menos interesantes, y que no cayeran los clichés que eran más que obvios), y lo aburrido que le debia ser que siempre le preguntaran lo mismo… Y así pudimos conversar vía internet más distendidamente sin ningún tema en particular. Pero ahí estaba la sombra y la exposición mediática de ser nieto del che guevara, y peor aún ¡anarquista!. Este se volvió entonces nuestro tema de interés, su desencanto de las políticas comunistas y su acercamiento hacia el espectro libertario. Canek (tras la frivolidad del internet) parecía un tipo amable y bastante concienzudo (de hecho son pocas las personas que nos contestan favorablemente cuando les proponemos desde nuestro medio realizar alguna entrevista), me comentaba que preparaba un libro y tantos otros proyectos que debía dejar en pausa por una cirugía a la cual se debía someter en los próximos días, parecía algo menor, rutinario sin mayor trascendencia dentro del calendario de vida de una persona que llegaba a los 40 años. Inexplicablemente la cirugía cardiovascular se complicó, costandole la vida durante el transcurso de esta, el 24 de enero del 2015. Y bueno el resto es historia, la entrevista quedó trunca, mas no el legado de Canek que se puede rastrear en su abundante prensa, entrevistas y conferencias, además del recientemente publicado libro “33 revoluciones” publicado en septiembre de este año. Y bueno a propósito de la reciente muerte de Fidel y el inexplicable comportamiento afable con la dictadura castrista de buena parte del espectro libertario sudamericano, quisimos recordar estas líneas de Canek, sobre el tema en cuestión:

(…) En la prensa occidental, tan escasamente libre en realidad (tan llena de sobreentendidos que nadie entiende, y críticas más que superficiales y sosas), es común que los cuestionamientos al régimen cubano comienzan por denostar la insistencia de éste en prácticas caducas e ineficaces, tiránicas y victimistas, heroicas y pobres. A ese sistema se le llama con harta ignorancia, mucha desinformación y peor mala leche, comunismo. Mi postura, empero, es otra; incluso contraria, si se quiere. Todas mis criticas a Fidel Castro y epígonos parten de su alejamiento de los ideales libertarios, de la traición cometida en contra del pueblo de Cuba (…)

La inmovilidad en que cayó la obra revolucionaria tiene su origen en el concepto que de sí misma erigió: el de permanencia. La revolución (apenas pasada la década netamente revolucionaria) para ser “permanente” debió permanecer inmóvil pues de lo contrario liberaría a las fuerzas libertarias implícitas en ella.

Lo que permanece entonces, no es el accionar revolucionario sino la clase social que detenta el control de la institución “revolucionaria”. La revolución (el movimiento que ésta fue) hace años falleció en Cuba – de muerte natural, por cierto – y hubo de ser asesinada por quienes la invocaron para evitar que se volviera contra ellos. Tuvo que ser institucionalizada y asfixiada por su propia burocracia (ya el Che nos había prevenido de esto), por la corrupción (robolución, se le llamó), por el nepotismo (sociolismo) y por la verticalidad de la tan mentada organización: el Estado “revolucionario” cubano. Así, al concepto de “dictadura del proletariado” la sabiduría popular pronto le abolió el adjetivo: sólo quedó un sustantivo, absoluto y prohibido.

La nueva burguesía socialista no tardó en hacer suyos los más abyectos discursos y métodos de la recién destronada derecha en todo lo relativo a la vida privada y aún superando a ésta en lo concerniente a la asociación política –seamos honestos, un joven rebelde como fue Fidel Castro, en la Cuba de hoy, sería inmediatamente fusilado, no condenado al exilio – ; todo esto con la agravante de que se trataba de un gobierno de “izquierda” proveniente de un movimiento cívico-militar de lo más heterogéneo y heterodoxo. La persecución de homosexuales, hippies, librepensadores, sindicalistas, poetas (disidentes de cualquier signo o condición) se parece en demasía a lo que se estaba combatiendo. La criminalización de la diferencia nada tiene que ver con la libertad. La concentración del poder en unas pocas manos tampoco se cuenta entre los ideales libertarios, muchísimo menos la vigilancia perpetua sobre los individuos o la prohibición de las asociaciones que al margen del Estado éstos puedan hacer. Claro que el poder es del pueblo pero sólo el simbólico; el real, la toma de decisiones no, ése pertenece al Estado, y el Estado es Fidel.(…)

La insistencia por parte de adalides y denostadores del régimen en el sentido de que éste es marxista, rebasa todo sinsentido, pues marxismo, en Cuba, es sólo una asignatura escolar, una consigna del Partido y demás “organizaciones de masas, y, en el mejor de los casos, un sueño trunco. Para Marx (para cualquier libertario, en realidad), libertad y dictadura conforman un antagonismo indisoluble. Cierto que caminan juntos –como todo binomio de opuestos–, más no por la misma ruta, y de hacerlo (de pretenderlo, quiero decir), jamás llegarían al mismo sitio: si el fin justifica los medios, son los medios los que prefiguran el fin… En otras palabras, no se alcanza la libertad por la vía de la imposición. Nunca…

Una suerte de aristocracia fingidamente proletaria se fue gestando en el seno del gobierno “popular” oponiéndose con todas sus fuerzas a la democratización del proyecto revolucionario: la revolución cubana no fue democrática porque engendró en sí a las clases sociales destinadas a impedirlo: la revolución parió una burguesía, aparatos represivos dispuestos a defenderla del pueblo y una burocracia que la alejaba de éste. Pero sobre todo fue antidemocrática por el mesianismo religioso de su líder. Erigirse salvador de la Patria es una cosa; serlo por siempre, otra. En efecto, Fidel, con sus tropas y una buena parte de la sociedad civil, liberó a Cuba de la gangsteril dictadura batistiana; pero, con su obstinada permanencia, sólo logró volverse, él mismo, dictador. Del joven revolucionario al viejo tirano hay un abismo insalvable; el mismo que hay entre el disentir de aquel rebelde y el ordenar de este ser enloquecido por el poder y la gloria.(…) En lugar de pugnar por una sociedad escéptica, librepensante y crítica, aplaudió la credulidad, la sumisión y la obediencia absoluta de su pueblo. Todo lo que cuestionó del viejo régimen lo reprodujo por triplicado en el “nuevo”. Todo cuanto atacó de joven, lo avaló de viejo.(…) Fidel luchó como hombre libre y hoy niega la libertad de los hombres: se volvió uno de aquellos, despótico, cínico y prepotente hasta el paroxismo; ni mejor ni peor que un Fox, un Bush, un Berlusconi o un Putin cualquiera. Castro es uno de ellos: tan igual como diferente, la misma cosa, la misma basura, en otro contenedor y guardadas las distancias, claro, o, mejor aún, salvadas las diferencias. La lucha por la libertad no sólo no ha concluido en Cuba; tampoco en México ni en Vietnam, ni en los Estados Unidos ni en Chile, ni en Angola ni en Rusia, ni en China ni en Nicaragua… No ha terminado porque aún somos esclavos de las condiciones que nos son impuestas: todo lo que somos proviene de lo que se nos permite ser. Y eso, amigo mío, no es libertad.”

canek

Nota y transcripción Cristian Del Castillo.
Fragmento del artículo original aparecido íntegro en Reforma, el 17 de octubre de 2004.

(Acracia 61) Una caja de cenizas, el Estado y la próxima revolución en Cuba

Por Marcelo “Liberato” Salinas

Cuba sin Fidel Castro. El hecho que venían cocinando en su imaginación adeptos y enemigos durante años ya es una realidad consumada. Sin hacer mucho esfuerzo para sentirlo, se ha percibido un intenso silencio público que ha tenido relativa vida propia frente a la imponente maquinaria estatal de duelo nacional. Los voceros oficiales insistieron en que ese silencio fue una expresión palpable de consternación de masas. Los opositores anti-castristas recalcar que ese mutismo fue otra muestra del temor a las represalias que pudieran sufrir aquellos que celebraran el hecho en medio del luto oficial.

Pero ni la consternación, ni el júbilo reprimido fueron los únicos ingredientes que se pudieron percibir en ese momento en Cuba. En el diálogo cotidiano con vecinos, amigos, familiares y personas comunes en la calle, tuvimos la certeza de que la muerte de Fidel Castro pudo ser un hecho trascendente para Cuba, para el mundo y hasta para la llamada Historia Universal, pero a la misma vez no dejó de ser una noticia de escasas consecuencias prácticas para la agobiante cotidianidad sin esperanzas que, como en todos lados, vivimos los que dependemos de la salud de la dictadura salarial.

Tampoco había mucho que festejar, teniendo a la vista el incierto panorama que deja tras de sí Fidel Castro, con un hermano que en diez años gobernando ha tenido los grandes méritos de aflojar las tensiones autoritarias que dejó Fidel Castro para que lo esencial del sistema siga igual y crear las condiciones generales para que vuelva a parecer novedoso el razonamiento de aquel otro general-presidente proveniente de Holguín:

“(…) es que hay dos tipos de socialismo. Uno significa anarquía y el otro funciona bajo la disciplina del gobierno. Uno debe ser realista (…) queremos enseñar al pueblo que los obreros y el capital son necesarios y deben cooperar. Queremos desterrar las ideas utópicas que no funcionarán, pero en las cuales nuestro pueblo cree”[1]

Es que la implementación de este tipo de socialismo en Cuba ha tenido una historia más larga que la que nos cuentan los actuales seguidores de la familia Castro. El anterior dictador, Fulgencio Batista, hizo una contribución fundamental para el socialismo autoritario en la Isla, como lo expresó con claridad meridiana en la reflexión anterior, que si se sigue ignorando no podremos tener una idea cabal de la función histórica de Fidel Castro en la historia de Cuba.

El 20 de noviembre del próximo 2017 se cumplirán 80 años del primer evento político para masas convocado y gestionado por el sargento coronel Fulgencio Batista, para lo cual se valió de la entonces Secretaría del Trabajo, que le garantizó la asistencia obligatoria al menos de los empleados públicos de La Habana; el ejército le permitió reclutar por la fuerza  trenes, camiones, tranvías, automóviles, para lograr concentrar entre 60 mil y 80 mil personas en el Stadium La Tropical, como propaganda mediática para promover lo que fue el llamado Plan Trienal del anterior dictador[2].

Fue aquel el primer acto en Cuba de lo que se convertiría en una tecnología dramatúrgica de movilización permanente de masas en función de los intereses exclusivos del Estado cubano, que después sería manejada durante más de medio siglo con una maestría insuperable por Fidel Castro. Lo que en 1937 fue una balbuceante iniciativa autoritaria apenas gestionada por la Secretaría del Trabajo y el Ejército Nacional, después de 1959 aquella iniciativa fundacional de Batista se convirtió en una técnica de uso cotidiano que abarca a la totalidad de las instituciones del país y a millones de personas en todo el territorio nacional hasta hoy.

Los procederes gubernamentales que en Cuba inauguró Fulgencio Batista y que heredó y desarrolló hasta la perfección Fidel Castro, deja ahora con su muerte ampliamente abierto el camino para que sus candidatos a sucesores redescubran, con sorprendente actualidad para ellos, lo más auténtico del pensamiento político de Batista y las aportaciones de su Comandante en Jefe a ese gran propósito compartido por los dos gobernantes de lograr el control total de Cuba, por medio de la maquinaria del Estado nacional.

Si Fulgencio Batista no tuvo el coraje, ni la pretensión, ni la oportunidad epocal, de plantearse una ruptura con la hegemonía imperial yanqui en Cuba para llevar a cabo la realización plena del Estado Nacional, Fidel Castro sí tuvo la inmensa audacia y la coyuntura histórica favorable para desafiar directamente el dominio de EE.UU. sobre Cuba. Bajo el efecto sublimante de ese colosal propósito, más su soberbio talento de príncipe maquiavélico, logró convertir en sistema lo que fue una simple frase demagógica de Batista: un socialismo bajo la disciplina del gobierno, que ha sobrevivido a los más grandes desastres del último medio siglo y que ha convertido al Estado Cubano en una maquinaria imponente que no tiene reservas ningunas en afirmar como el 1 de mayo de 2008 que “socialismo es soberanía nacional”, es decir… Nacional-Socialismo.

Es que Fidel Castro fue el gran arquitecto no sólo de “La Revolución”, sino de algo que sus millones de acólitos no  pueden definir con precisión todavía pero que a todas luces es el Estado de Bienestar en su versión estalinista en Cuba, un modelo de gestión gubernamental surgido de la particular ubicación de la Isla en el escenario de la Guerra Fría, como aliado privilegiado de la URSS en América Latina, lo cual le permitió al Estado cubano contar con excepcionales recursos para poner en práctica los emblemáticos programas de educación integral desde el preescolar hasta la enseñanza superior, un sistema de salud universal y gratuito, el pleno empleo, urbanización masiva,  mejoras civilizatorias fundamentales para los millones de excluidos por el capitalismo neocolonial que han  distinguido a Cuba del resto de los países de la región.

Como en todos lados donde se han implementado estas políticas, ellas permitieron una mejoría sustancial en los niveles de vida de las masas más postergadas, pero junto a ello y simultáneamente, -intención estratégica-, un fortalecimiento sin precedentes del entramado de instituciones gubernamentales, que han conducido a una verdadera apoteosis del bienestar del Estado en Cuba.

Pero Fidel Castro hizo mucho más con el uso de esos cuantiosos recursos que adquirió de la relación privilegiada con la URSS, convirtió al Estado cubano en un influyente actor en política internacional, en la descolonización de África, Asia y en la expansión de los movimientos antiimperialistas en América Latina, haciendo de Cuba un epicentro activismo de las tendencias con intenciones socialistas no alineadas a la hegemonía soviética.

Después cuando se desplomó la potencia imperial soviética Fidel Castro y su inmenso prestigio internacional resucitaron un nuevo movimiento anti-neoliberal en América Latina que llegó a convertirse en gobiernos en importantes países de la región y junto a ello la puesta en práctica de un programa sin precedentes  de servicios médicos-sanitarios del Estado cubano para los más excluidos del mundo que llevó a los inestimables médicos cubanos a lugares tan remotos como el Himalaya pakistaní o el más cercano pero catastrófico Haití.

Sin embargo, hay que decir también que todos esos movimientos anti-coloniales y anti-neoliberales que aupó Fidel Castro desde Cuba se encuentran una década y media después en una profunda crisis política, moral, epistemológica etc., desde Sudáfrica, Angola, Argelia, hasta Venezuela, Brasil, Argentina y en camino de adentrarse en esa misma crisis en Nicaragua, Ecuador, Bolivia, El Salvador o Vietnam. Por otro lado, aquel inédito y admirable programa de servicios-médicos cubanos para los países del Tercer Mundo hoy es simple y ordinariamente la principal fuente de ingreso de la burguesía fidelista que maneja el Estado cubano.  

II.

La muerte del Líder Máximo ocurre en momentos en que la maquinaria estatal cubana resucitada en 1959-60, se adentra en otra crisis de reproducción material, hundida en gastos de inversión y control social que la hacen insostenible, pero con una legitimidad popular que se mantiene altísima a pesar de todas las deserciones. Esta peculiar y favorable situación las élites gubernamentales la están aprovechando a fondo para desmantelar el Estado de Bienestar Cubano de la época de Fidel Castro y la Guerra Fría, “sin prisa, pero sin pausa”, como ha afirmado el general-presidente Raúl Castro. Para ello se verán precisados a vender al país en pedazos por tal de sostener su Estado, por eso prefieren mejor aliarse con los más grandes grupos financieros del mundo que refinancien sus deudas, antes que dar un solo paso firme en avanzar en una socialización de las escalas de decisión y de las capacidades de gestión de las personas y los colectivos sobre sus vidas, que encarnen en realidades concretas, y no en abstracciones de propaganda, los pasos modestos pero precisos hacia la comunización de la vida cotidiana y la extinción del Estado burocrático y parasitario.

En aras de este perfeccionamiento y racionalización del capitalismo estatal en Cuba los herederos de Fidel Castro cuentan con dos herramientas fundamentales legadas también por Fulgencio Batista: la Central de Trabajadores de Cuba, organización sindical fraguada en enero de 1939 producto de la alianza entre el aparato político-militar batistiano y los estalinistas cubanos, garantiza hasta hoy el control total del movimiento obrero cubano por parte del Estado y los gobiernos de turno.

Si en 1939 fue un cuadro del Partido Comunista llamado Lázaro Peña –luego conocido como el “capitán de la clase obrera”- el encargado por Batista de gestionar esta alianza, en 1960 recibió ese mismo encargo de Fidel Castro y tuvo el tiempo suficiente de crear una escuela de oportunistas y aprovechadores que ha dado lugar a personajes clonados de Lázaro Peña como Pedro Ross Leal o Salvador Valdés Mesa, que han dedicado su vida a mantener y vivir del legado de Fulgencio y Fidel Castro de hacer un socialismo bajo la disciplina del gobierno.

El Código de Defensa Social de abril de 1939, pieza clave que retrata el espíritu fascista batistiano, es otro instrumento heredado del sargento-coronel Batista que ha sido ratificado con nombres distintos y vigorizado hasta el infinito bajo el poder de Fidel Castro. Desde su puesta en vigor ha servido para regularizar la pena de muerte por delitos políticos, el protagonismo de los tribunales militares y la arbitrariedad represiva en general; pieza jurídica olvidada interesadamente por todas las tendencias políticas tanto prodemócratas como prodictatoriales, el Código de Defensa Social no fue formalmente anulado ni por la Constitución de 1940, ni la de 1976, ni la de 1992, por lo que  ha mantenido y mantiene su total utilidad frente a los conflictos sociales que generarán el desmantelamiento del Estado del Estado de Bienestar estalinista cubano en los próximos años.       

Después de tantas vidas destrozadas  en medio de supuestos antagonismos, después de tantas torturas infernales para provocar demencia y desmoralización, después de tantos fusilamientos sumarios, amargos exilios, largas penas en cárceles horrendas, de tantos discursos encendidos y sublimes, después de tanta soberbia e intolerancia, se irá haciendo cada vez más visible con silencioso cinismo que lo más depurado e inconcluso del espíritu batistiano, puede hacer aportaciones sustanciales a eso que ahora los hombre de Estado en Cuba  han logrado finalmente definir como la actualización del modelo económico del socialismo cubano.

III.

En una fecha tan temprana como el 10 de enero de 1959 el periódico El Libertario que recién salía de la férrea clausura que le había impuesto la policía política batistiana, publicó un texto del hoy olvidado militante anarquista Antonio Landrian donde por primera vez intuyó estas confluencias:

La Revolución Fidelista del 26 de julio ha triunfado. ¿Triunfará su ideal? ¿Cuál es su ideal? Principalmente la libertad o dicho en imperativo: la liberación. ¿De qué? Del yugo batistiano. El yugo batistiano era violencia, imposición, peculado, despotismo, coacción, tortura, obcecación, autoritarismo y sometimiento en cadena. Era centralismo, soborno y servilismo incondicional… Mientras quede en pie uno de estos pilares del derrocado régimen de Batista, no habrá asegurado su victoria la revolución encabezada por Fidel Castro.

Excepto la violencia y la tortura policiaca, que hace unos años han pasado temporalmente a un rol menos público y visible en Cuba, todos los demás factores señalados por Landrián no sólo han quedado en pie después de 1959, intactos de la dictadura anterior, sino que han tenido un reforzamiento y un desarrollo exponencial desde aquellos días hasta hoy, lo que condujo a que el propio Landrián y los compañeros que animaban El Libertario, no pudieran disfrutar de los aires de libertad de esa Revolución Fidelista más allá de mayo de 1960, en que fueron otra vez clausurados, encarcelados, exiliados y prohibidos por la nueva policía política, ahora “revolucionaria”.

La imposición, el peculado, el despotismo, la obcecación, el autoritarismo, el sometimiento en cadena, el centralismo, el soborno y el servilismo incondicional a la maquinaria estatal han seguido teniendo una activisima existencia en Cuba más allá de la derrocada tiranía de Fulgencio Batista. Esa personal intuición que tuvo nuestro compañero Antonio Landrián, perdido en el torbellino de la historia, se ha convertido en la base estructural del funcionamiento de la vida cotidiana en Cuba hasta el momento en que están ocurriendo los funerales de Fidel Castro.

Unos amigos que estando en el parque central de la ciudad de Artemisa a la hora en que murió Fidel fueron expulsados del sitio por la policía y agentes de la Seguridad del Estado, porque “ahora no es momento para estar sentado en el parque conversando”; estudiantes becados  en una universidad habanera que los policías encubiertos que pululan en esas instituciones les cerraron las puertas de acceso a sus habitaciones la tarde del 28 de noviembre, porque “tienen que ir a la Plaza de la Revolución o irse para la calle hasta que se acabe la actividad”; la paralización total del transporte estatal en la capital desde el mediodía del 29 de noviembre para  lograr que la población sólo estuviera en la calle para ir al acto masivo de las 7:00 pm, la prohibición de  toda actividad deportiva en las áreas verdes colindante a cualquier avenida importante, multas de hasta 1500 pesos, (tres meses íntegros de salario) para el que agarrarán consumiendo bebidas alcohólicas en público en los días de luto… son una ínfima muestra de cuáles son los procederes cotidianos con que operan los defensores estatales del supuesto socialismo en Cuba.

Fidel Castro nos deja un país con uno de los niveles de instrucción, de salud y calidad de vidas más altos de América, pero todo ello atravesado por el interés estratégico del funcionamiento estable de su maquinaria estatal, en nombre de la lucha contra el imperialismo yanqui y sus lacayos locales. En la realización de ese propósito dio lugar a una sociedad que se encuentra al borde de una crisis migratoria permanente y un colapso demográfico en el horizonte. En esto las políticas imperiales yanquis han tenido un rol decisivo, pero no menos determinante ha sido que la dictadura sobre el proletariado cubano conducida por Fidel Castro ha convertido a Cuba en un territorio poblado por un “… inmenso rebaño de esclavos del salario (…) que piden ser esclavos para mejorar su condición” (…) en cualquier parte del mundo, haciendo realidad las más dolorosas pesadillas del ex anarquista cubano Carlos Baliño allá por 1897 en su texto Profecía Falsa.

Ese inmenso rebaño de esclavos del salario, antes pueblo revolucionario, ya estaba en pleno proceso de degradación moral y desposesión material, cuando Fidel Castro pronunció en su discurso del 1 de mayo del 2000 su último concepto de Revolución, sacado del olvido los días de sus honras fúnebres, en el cual afirmó, entre otras cosas, que: “Revolución es cambiar todo lo que debe ser cambiado”. Hace cincuenta años era pragmáticamente inferible que el sujeto omitido de esa definición era sin dudas aquel pueblo revolucionario que alguna vez existió; en el año 2000 el sujeto omitido de esa oración no es otro que el propio Fidel Castro, con su  capacidad de maniobra y su imponente aparato ideológico-policiaco, que ya en ese año  no muestran rubor alguno de omitir a aquel pueblo revolucionario de su concepto de Revolución, conscientes de que ya lo habían castrado de su capacidad de cavilación y decisión propia y, por tanto, ya no está en condiciones de ser sujeto de una oración y mucho menos de ser sujeto de su propia historia.

En las largas jornadas de duelo oficial que vivimos en Cuba se fue haciendo visible que emergía una nueva consigna de masas: “¡Yo soy Fidel!”, que expresa muy bien el estado de esa amputación colectiva. Y entre el inmenso mar de banderas, fotos y carteles auto-elaborados que se vieron por televisión desde Santiago de Cuba, había uno portado por una mujer que decía “¡Yo soy Fidel! ¡Ordene!”. Semejante desajuste gramatical y existencial será crecientemente frecuente en el pensamiento de un pueblo que ha tenido la chocante experiencia de ver a la encarnación más soberbia del poder en la historia de Cuba convertida en una simple cajita de cenizas, un pueblo que tendrá que aprender a vivir sin las órdenes de su Comandante en Jefe y tal vez descubra por ese camino que no necesita ni más comandantes, ni más órdenes, sino más fraternidad, más auto-organización, menos vileza y miseria moral entre los de abajo, más responsabilidad sobre nuestras vidas, más imaginación comunizadora, para derrotar al espíritu y a los representantes de la nueva burguesía fidelista, parasitaria y burocrática, que hoy está reconstruyendo íntegramente en Cuba el capitalismo y sus viejos horrores ante nuestras propias narices y disimulan llorar cuando realmente están de fiesta.

Todo lo que facilite ese aprendizaje será una contribución directa para la próxima revolución en Cuba. Todo lo que obstaculice ese descubrimiento popular será la expresión más precisa y actualizada de la contrarrevolución. Las proporciones que en lo adelante logre alcanzar el fidelismo como corriente de ideas dentro del izquierdismo fuera y dentro de Cuba serán la expresión exacta de cuánto habrá avanzado la bancarrota moral de las izquierdas autoritarias, estatistas y desarrollistas en el mundo y pondrá sobre la mesa nuevamente la necesidad de seguir fraguando “…los modos más seguros de sacarle los cimientos al orden social de hoy y ponerles otros más seguros sin que se venga abajo la casa…”, como apuntó en enero de 1890 José Martí, reflexionando a propósito de “…aquel tierno y radioso Bakunin”[3].  

[1] Gracias al acucioso investigador norteamericano Robert Whitney podemos tener acceso a este documento que está por demás disponible en el libro Estado y revolución en Cuba, tranquilamente publicado por la editorial Ciencias Sociales de La Habana en 2010, p.230

[2] Toda la prensa de la época en Cuba cubrió esta inédita noticia y el acucioso investigador Robert Whitney en el mismo libro Estado y revolución en Cuba. Ob.Cit. pág. 283, da cuenta de este hecho por medio de fuentes gubernamentales norteamericanas.  Ver: Archivo del Congreso de los EE.UU.  Grant Watson a Edén, La Habana, 2 de diciembre, 1937. PRO/FO/A/9019/65/14, no.171.

[3] “Desde el Hudson” Obras Completas, tomo 12, pág. 378. Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1982.

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(Acracia 61) La quimera del poder por Patrick Rossineri

Al menos como es entendido en general por la izquierda, el “poder popular” sería una propuesta para construir el socialismo mediante un modelo de democracia participativa, que reestructuraria la organización sobre la que se sustenta el Estado. El poder popular estaría fundado en la vieja idea de Rousseau de voluntad general, transfiriendo las atribuciones del gobierno al pueblo, instituido en organizaciones asamblearias de base y eligiendo mediante el voto a los representantes en el gobierno popular. Esta política requiere la toma del gobierno para impulsar la transferencia antes mencionada, pero de forma gradual para transformar la democracia representativa en participativ, y alcanzar el socialismo por el camino del poder popular. es decir, se plantea un objetivo supuestamente revolucionario por un camino reformista, aderezado de jerga nacionalista, socialista y antiimperialista. este fue un experimento que quedó trunco en Chile en 1973 por el golpe de Pinochet contra el gobierno de Salvador Allende, y forma parte del canon ideológico de la Venezuela de Hugo Chávez y la Cuba post-bloque socialista, que recupera la consigna guevarista de desarrollar en el pueblo los “gérmenes socialistas”. Este tipo de proyectos reformistas y autoritarios defendido por la izquierda nacionalista y burguesa, han sido repudiados desde siempre por los anarquistas y sus teóricos más influyentes, Bakunin y Malatesta, entre otros.

SIn embargo, desde hace un tiempo muchos compañeros libertarios latinoamericanos (argentinos, uruguayos, colombianos y brasileños) han publicado declaraciones acerca de la necesidad de que los anarquistas “construyamos el poder popular” luchando por la socialización del poder a fin de que no se convierta en la posesión de unos pocos. la idea que se propone apuntaría a construir un movimiento libertario anti-dogmático, aterrizado en la realidad y conectado con las luchas populares.

Estas formulaciones, como bien presuponen sus autores, podrían parecer “una contradicción irresoluble” a todo “luchador o luchadora de la libertad”. en realidad no lo parece, sino que es una contradicción irresoluble. Pero antes de responder porque lo es, veamos en qué consiste esta propuesta. en un documento titulado Anarquismo y Poder Popular, de la Red Libertaria Mateo Kramer de Colombia, se hace la siguiente pregunta:

“¿Debe el poder ser entendido únicamente como una imposición autoritaria, como un poder sobre? ¿no se puede comprender el poder de otra forma, es decir, como un poder-hacer colectivo, un poder-construir en conjunto? Son los de arriba, aquellos que mandan, los que han hecho creer que el poder es un “objeto” del cual ellos tienen posesión, una “cosa” despegada de las relaciones sociales, un aparato trascendente de sujeción. pero en cambio, nosotros y nosotros, los y las de abajo, concebimos el poder de otra forma: no como una “cosa”, sino como una “relación”, como un poder social alternativo y liberador. así nuestro poder es principalmente una capacidad colectiva de imaginar y de crear en el aquí y ahora una nueva sociedad”.

Aquí surge una confusión en la pregunta que va a afectar todo el análisis posterior. el término poder tiene múltiples acepciones, significados e interpretaciones, por su carácter polisémico. podemos hablar de poder como una relación de dominio, como una capacidad de hacer, como posesión de algo, fuerza, capacidad de provocar efectos de verdad, mando, coerción, y finalmente, el gobierno de una país.

Claramente en la pregunta se confunde la acepción de relación de dominio (primera pregunta) con la acepción capacidad de hacer (segunda pregunta). para mayor embrollo, el razonamiento prosigue proponiendo dejar ver al poder como un objeto de instrumento y tomarlo como una relación, pero desdeñando que las relaciones de poder sean relaciones de dominio, y nuevamente proponiendo un poder como “capacidad colectiva de imaginar” (es decir, una competencia y no una relación). Luego de semejante enredo, que no por enmarañado deja de ser de una simpleza y una frivolidad pasmosa, sería lícito preguntarse si todo se reduce a preferir una acepción por otra o a considerar que los anarquistas siempre han sido tan obtusos como para haber conducido siempre el poder con una “cosa” y nunca haber percatado que era una relación de dominio. como si el hecho de pensar al poder en su aspecto relacional lo convirtiera en “un poder social alternativo y liberador” y no en una relación asimétrica de dominio. El capitalismo, entre otras cosas, también es una relación social asimétrica (de explotación y dominio”, y seguramente a estos compañeros no se les ocurriría olvidar este aspecto para proponer un “capitalismo social alternativo y liberador”.

En realidad, los anarquistas negamos el poder político, la capacidad de dominio de una institución, un grupo o un individuo sobre otras personas, el poder como sinónimo de gobierno. es decir, toda la teoría anarquista se funda sobre una crítica al poder y los efectos que produce, expresado objetivamente en los medios, instituciones, dispositivos e instrumentos materiales a través de los que se ejerce el dominio, pero también subjetivado en relaciones asimétricas donde unos deciden y mandan mientras que otros obedecen y ejecutan. los anarquistas nunca propusieron el poder popular, ni el poder para una clase, precisamente porque apuntaban a ese aspecto relacional del poder, donde si una clase o un grupo (aunque fuese mayoritario) ejercieran poder sobre otro, se convertiría en otra relación de dominio (asimétrica). Quien posee el poder ejerce control sobre la conducta de quien los sufre. No existen relaciones de poder asimétricas, porque cuando existe simetría y reciprocidad en una relación social, es porque la relación de poder ha dejado de existir.

En el documento también se afirma que, “para que este poder colectivo sea popular, el agente no puede el otro que el pueblo, ese sujeto plural que se define por la reunión de las clases subalternas, de los marginales de los desposeídos, de los excluidos”. Más allá de la obviedad de la proposición, se percibe una valoración de lo popular como positivo per sé, lo cual puede ocasionar ciertos conflictos. Lo popular no está exento de acarrear ciertas lacras sociales, como el sexismo, el nacionalismo o el racismo, por mencionar las más habituales. si algo fuese definido como popular tan solo porque lo produce el agente “pueblo”, y si definimos al pueblo gramscianamente como subalternas deberíamos también aceptar que dentro de ese pueblo hay gran cantidad de elementos sociales, culturales, políticos y económicos burgueses incrustado, que incluyen tanto al ama de casa, al vendedor ambulante y al obrero, como al policía de la esquina, al dueño de una verdulería o a un barrabrava futbolero. la esencia popular es precisamente ese carácter policlasista, que conjuga elementos revolucionarios y conservadores, proletarios y burgueses, libertarios y autoritarios.

Si -como sostienen- el poder popular es una nueva forma de relación, y apunta a poner en marcha un nuevo ethos”, creando “otro mundo posible, un mundo distinto que se enfrenta al que ya conocemos”, y al mismo tiempo “es una praxis que en la misma medida en que va transformando los lugares de vida de las personas crea un bloque contrahegemonico, un bloque que entra en confrontación directa con el orden imperante”, entonces el poder popular planteado de esta forma comienza a tener puntos en común con el poder popular según lo ha entendido históricamente la izquierda. Este poder se presenta como una anticipación de la sociedad futura, como una práctica gradualista, que apunta a reemplazar al Estado y al capital. Lo que no se explica es que como una cultura horizontal y libertaria, participativa e incluyente puede tener cabida en una sociedad que es su negativo rotundo, en que los medios de comunicación, educación, explotación y represión están en manos de quienes detentan realmente el poder. Claro que existen prácticas solidarias, ayuda mutua, cooperación, altruismo y actitudes libertarias en el seno del pueblo, pero esto es más inherente a la condición humana que al ethos popular. Es sencillamente una ilusión creer que por propugnar el poder popular (como quiera que esto se entienda) vamos a estar más cerca de la autoliberación de las masas. El sistema capitalista ha demostrado una gran capacidad de absorción de todos los movimientos populare, de todo signo: Venezuela y Cuba son un buen ejemplo de esto. Cuando excepcionalmente los gobiernos que realmente ejercen el poder conceden la posibilidad de que la gente practique alguna forma de autogestión, siempre es ajo el permiso y la supervisión directa o indirecta, cuando no el interés, del Estado.

Es un error plantear que, “el anarquismo que quiere socializar los medios de producción, también quiere socializar el poder y evitar que este se convierta en el privilegio de unos pocos”, precisamente porque eso sería socializar la asimetría, haciendo del poder “el privilegio de la mayoría”, y donde aquello que una mayoría denominada “popular” imponga al resto “menos popular” su particular visión de lo que debe ser. es una peligrosa ingenuidad suponer que dicho poder popular crearía “espacios alternativos de vida colectiva, lugares materiales y virtuales que escapan al control del capitalismo y del autoridad”. Más aún cuando todas las experiencias históricas han demostrado exactamente el contrario, y nunca pudo coexistir un espacio libertario por mucho tiempo en una sociedad estatal sin enfrentarse con ella (como en Ucrania o Kronstadt y la revolución española), o siendo absorbido por el capitalismo y el Estado, como en Cuba o en la Venezuela bolivariana, donde el Poder Popular funciona como un mecanismo de autorregulación capitalista.

Contrariamente a lo que sostiene la Red Libertaria Mateo Kramer, los anarquistas debemos aspirar a destruir toda forma de poder, sin dejar de organizarnos igualitaria y libremente, propugnando que el pueblo se autolibere. Porque las perspectivas políticas del populismo y el socialismo antiburgués siempre serán reformistas, aspirando a lo sumo a un capitalismo gestionado por la clase obrera, mediante cooperativas, sindicatos, partidos políticos o el “Estado Popular”.

Ser anarquistas implicar estar en contra del poder en todas sus formas, no solamente en contra de “algunas formas de poder”. El poder colectivo no es ausencia de poder, del mismo modo que capital colectivo no es ausencia de capital. El ser anarquista no puede reducirse a enfrentarse al poder burgués, sus agentes económicos, culturales y políticos. No podemos hacer del pueblo o el poder popular un adorado fetiche, del que presuponemos revolucionario per sé. De lo contrario, pondremos al pueblo en el trono, para ser su propio opresor, alienado de sí mismo.

Un poder popular negador de la liberación humana y que, parafraseando a Bakunin, no va a ser menos prepotente porque lleve inscrito el rótulo de “poder del pueblo”.