(Acracia 61) Una entrevista que no fué a Canek Sanchéz

A finales del 2014 tomamos contacto con Canek Sánchez Guevara, nieto del afamado guerrillero de origen argentino, para realizarle una entrevista de opinión sobre algunos aconteceres de la isla cubana, más argumento no estar tan al tanto últimamente, ya que llevaba viviendo varios años ya en México. Pronto la entrevista pasó a segundo plano (la verdad era que desviaba la atención mientras trataba de formular preguntas más o menos interesantes, y que no cayeran los clichés que eran más que obvios), y lo aburrido que le debia ser que siempre le preguntaran lo mismo… Y así pudimos conversar vía internet más distendidamente sin ningún tema en particular. Pero ahí estaba la sombra y la exposición mediática de ser nieto del che guevara, y peor aún ¡anarquista!. Este se volvió entonces nuestro tema de interés, su desencanto de las políticas comunistas y su acercamiento hacia el espectro libertario. Canek (tras la frivolidad del internet) parecía un tipo amable y bastante concienzudo (de hecho son pocas las personas que nos contestan favorablemente cuando les proponemos desde nuestro medio realizar alguna entrevista), me comentaba que preparaba un libro y tantos otros proyectos que debía dejar en pausa por una cirugía a la cual se debía someter en los próximos días, parecía algo menor, rutinario sin mayor trascendencia dentro del calendario de vida de una persona que llegaba a los 40 años. Inexplicablemente la cirugía cardiovascular se complicó, costandole la vida durante el transcurso de esta, el 24 de enero del 2015. Y bueno el resto es historia, la entrevista quedó trunca, mas no el legado de Canek que se puede rastrear en su abundante prensa, entrevistas y conferencias, además del recientemente publicado libro “33 revoluciones” publicado en septiembre de este año. Y bueno a propósito de la reciente muerte de Fidel y el inexplicable comportamiento afable con la dictadura castrista de buena parte del espectro libertario sudamericano, quisimos recordar estas líneas de Canek, sobre el tema en cuestión:

(…) En la prensa occidental, tan escasamente libre en realidad (tan llena de sobreentendidos que nadie entiende, y críticas más que superficiales y sosas), es común que los cuestionamientos al régimen cubano comienzan por denostar la insistencia de éste en prácticas caducas e ineficaces, tiránicas y victimistas, heroicas y pobres. A ese sistema se le llama con harta ignorancia, mucha desinformación y peor mala leche, comunismo. Mi postura, empero, es otra; incluso contraria, si se quiere. Todas mis criticas a Fidel Castro y epígonos parten de su alejamiento de los ideales libertarios, de la traición cometida en contra del pueblo de Cuba (…)

La inmovilidad en que cayó la obra revolucionaria tiene su origen en el concepto que de sí misma erigió: el de permanencia. La revolución (apenas pasada la década netamente revolucionaria) para ser “permanente” debió permanecer inmóvil pues de lo contrario liberaría a las fuerzas libertarias implícitas en ella.

Lo que permanece entonces, no es el accionar revolucionario sino la clase social que detenta el control de la institución “revolucionaria”. La revolución (el movimiento que ésta fue) hace años falleció en Cuba – de muerte natural, por cierto – y hubo de ser asesinada por quienes la invocaron para evitar que se volviera contra ellos. Tuvo que ser institucionalizada y asfixiada por su propia burocracia (ya el Che nos había prevenido de esto), por la corrupción (robolución, se le llamó), por el nepotismo (sociolismo) y por la verticalidad de la tan mentada organización: el Estado “revolucionario” cubano. Así, al concepto de “dictadura del proletariado” la sabiduría popular pronto le abolió el adjetivo: sólo quedó un sustantivo, absoluto y prohibido.

La nueva burguesía socialista no tardó en hacer suyos los más abyectos discursos y métodos de la recién destronada derecha en todo lo relativo a la vida privada y aún superando a ésta en lo concerniente a la asociación política –seamos honestos, un joven rebelde como fue Fidel Castro, en la Cuba de hoy, sería inmediatamente fusilado, no condenado al exilio – ; todo esto con la agravante de que se trataba de un gobierno de “izquierda” proveniente de un movimiento cívico-militar de lo más heterogéneo y heterodoxo. La persecución de homosexuales, hippies, librepensadores, sindicalistas, poetas (disidentes de cualquier signo o condición) se parece en demasía a lo que se estaba combatiendo. La criminalización de la diferencia nada tiene que ver con la libertad. La concentración del poder en unas pocas manos tampoco se cuenta entre los ideales libertarios, muchísimo menos la vigilancia perpetua sobre los individuos o la prohibición de las asociaciones que al margen del Estado éstos puedan hacer. Claro que el poder es del pueblo pero sólo el simbólico; el real, la toma de decisiones no, ése pertenece al Estado, y el Estado es Fidel.(…)

La insistencia por parte de adalides y denostadores del régimen en el sentido de que éste es marxista, rebasa todo sinsentido, pues marxismo, en Cuba, es sólo una asignatura escolar, una consigna del Partido y demás “organizaciones de masas, y, en el mejor de los casos, un sueño trunco. Para Marx (para cualquier libertario, en realidad), libertad y dictadura conforman un antagonismo indisoluble. Cierto que caminan juntos –como todo binomio de opuestos–, más no por la misma ruta, y de hacerlo (de pretenderlo, quiero decir), jamás llegarían al mismo sitio: si el fin justifica los medios, son los medios los que prefiguran el fin… En otras palabras, no se alcanza la libertad por la vía de la imposición. Nunca…

Una suerte de aristocracia fingidamente proletaria se fue gestando en el seno del gobierno “popular” oponiéndose con todas sus fuerzas a la democratización del proyecto revolucionario: la revolución cubana no fue democrática porque engendró en sí a las clases sociales destinadas a impedirlo: la revolución parió una burguesía, aparatos represivos dispuestos a defenderla del pueblo y una burocracia que la alejaba de éste. Pero sobre todo fue antidemocrática por el mesianismo religioso de su líder. Erigirse salvador de la Patria es una cosa; serlo por siempre, otra. En efecto, Fidel, con sus tropas y una buena parte de la sociedad civil, liberó a Cuba de la gangsteril dictadura batistiana; pero, con su obstinada permanencia, sólo logró volverse, él mismo, dictador. Del joven revolucionario al viejo tirano hay un abismo insalvable; el mismo que hay entre el disentir de aquel rebelde y el ordenar de este ser enloquecido por el poder y la gloria.(…) En lugar de pugnar por una sociedad escéptica, librepensante y crítica, aplaudió la credulidad, la sumisión y la obediencia absoluta de su pueblo. Todo lo que cuestionó del viejo régimen lo reprodujo por triplicado en el “nuevo”. Todo cuanto atacó de joven, lo avaló de viejo.(…) Fidel luchó como hombre libre y hoy niega la libertad de los hombres: se volvió uno de aquellos, despótico, cínico y prepotente hasta el paroxismo; ni mejor ni peor que un Fox, un Bush, un Berlusconi o un Putin cualquiera. Castro es uno de ellos: tan igual como diferente, la misma cosa, la misma basura, en otro contenedor y guardadas las distancias, claro, o, mejor aún, salvadas las diferencias. La lucha por la libertad no sólo no ha concluido en Cuba; tampoco en México ni en Vietnam, ni en los Estados Unidos ni en Chile, ni en Angola ni en Rusia, ni en China ni en Nicaragua… No ha terminado porque aún somos esclavos de las condiciones que nos son impuestas: todo lo que somos proviene de lo que se nos permite ser. Y eso, amigo mío, no es libertad.”

canek

Nota y transcripción Cristian Del Castillo.
Fragmento del artículo original aparecido íntegro en Reforma, el 17 de octubre de 2004.

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