Asambleas por la verdadera paz (Acracia n82)

n82h

 

ASAMBLEAS POR LA VERDADERA PAZ

Al imaginar la disolución completa de la sociedad existente, no podemos escapar de la cuestión del poder, ya sea el poder sobre nuestras propias vidas, la “toma del poder” o la disolución del poder. Al pasar del presente al futuro, del “aquí” al “allá”, debemos preguntarnos: ¿qué es el poder?, ¿en qué condiciones se disuelve?, ¿qué significa su disolución?, y ¿cómo surgen nuevas formas de libertad: las relaciones sociales no mediadas por una sociedad estandarizada, en la que el la falta de libertad se lleva al punto del absurdo, a la dominación por sí misma?

Comenzamos con el hecho histórico de que casi todas las grandes revueltas revolucionarias comenzaron de manera espontánea: sean testigxs de los tres días de “desorden” que precedieron a la toma de la Bastilla en julio de 1789, la defensa de la artillería en Montmartre que condujo a la Comuna de París de 1871, los famosos “cinco días” de febrero de 1917 en Petrogrado, el levantamiento de Barcelona en julio de 1936, la toma de posesión de Budapest, o la expulsión del ejército ruso en 1956. Casi todas las grandes revoluciones vinieron de abajo, del movimiento molecular de las “masas”, y sus explosiones tomaron por sorpresa a los “revolucionarios” autoritarios (o izquierda estatista).

No puede haber separación del proceso revolucionario con el objetivo revolucionario. Una sociedad basada en el autogobierno debe lograrse mediante el autogobierno. Si definimos “poder” como el poder del ser humano sobre sí mismo, el poder solo puede ser destruido por el mismo proceso en el que el ser humano adquiere poder sobre su propia vida y en el que no solo se “descubre” a sí mismo, sino que, más significativamente, formula su identidad en todas sus dimensiones sociales.

La libertad, así concebida, no puede ser “entregada” al individuo como el “producto final” de una “revolución”, ni mucho menos como una “revolución” lograda por los operadores políticos que están hipnotizados por las trampas de la autoridad y el poder. Así, la comunidad libre no puede lograrse mediante la mera legislación de la libertad. Sin duda, un grupo revolucionario puede buscar intencional y conscientemente promover la creación de estas formas; pero si no se permite que la asamblea y la comunidad emerjan orgánicamente, si su crecimiento no es incitado, desarrollado y madurado por los procesos sociales en la organización, no serán formas realmente populares y de base. La asamblea y la comunidad deben surgir dentro del proceso revolucionario mismo; de hecho, el proceso revolucionario debe ser la formación de la asamblea y la comunidad, y con ello, la destrucción del poder. La asamblea y la comunidad deben convertirse en “palabras de lucha”, no en panaceas distantes. Deben ser creadas como modos de lucha contra la sociedad existente, no como un resumen teórico o programático de dicho proceso.

Es casi imposible enfatizar este punto con suficiente fuerza. Las futuras asambleas de personas en la cuadra, el vecindario o el territorio, las secciones revolucionarias que vendrán, tendrán un nivel de desarrollo social más alto que todos los comités, sindicatos, fiestas y clubes actuales adornados con los títulos “revolucionarios” más rotundos. Serán los núcleos vivos de la utopía en el cuerpo en descomposición de la sociedad burguesa. Reunidos en auditorios, teatros, patios, sedes y plazas, porque la esencia misma del proceso revolucionario son las personas que actúan como individuos conscientes”.

Murray Bookchin (1921 – 2006)

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