Crónicas de un padre en los saqueos (Acracia n82)

n83c

Crónicas de un padre en los saqueos.

Yo sí estaba de acuerdo, pero de una perspectiva muy distinta. Sí, estábamos en guerra. Algunos, desde hace harto tiempo… Por eso yo estaba allí, como un soldado del pueblo contra el ejército enemigo, un ejército invasor, un ejército de ocupación: las fuerzas del Estado llegaron a nuestros lugares donde vivíamos como conquistadores de nuestros cuerpos e ideas. Brutalizaron con golpes, con perversiones, porque se creen poseedores de nosotros, los pobres, la gran mayoría, el Estado cuenta nuestra carne y alma como un capital activo del territorio; eso es lo que somos, así nos vende y comercializa al mundo entero, como su propiedad estatal para explotación privada y gubernamental.

En la esquina converso con unos jornales de la pega que me encuentro. Nos saludamos afectuosamente, cuando uno le responde a otro viejo: “y sí, es por eso mismo que estoy acá. Por mis hijos. Para que no les falte nada, doy cara yo por ellos y por mi mamita. Porque ellos hablan de escasez, que se viene, pero dime, acaso yo voy a poder pagar un kilo e leche por 15 luka?”

Nunca me gustó el pueblo unido jamás será vencido como grito, por su tradición del PC, pero fue imposible no gritarlo con fuerza cuando nació espontáneo entre nuestra horda al lograr romper el grueso portón metálico que protegía a la propiedad privada de nuestro derecho de posesión por lo nuestro.

No se esperaban que avanzamos con firmeza y a conciencia en esta guerra: paso a paso en el supermercado entré corriendo y pensaba en ese milico de la vuelta que puede llegar desde mis espaldas de un segundo a otro. Me verá con ojos de enemigo a muerte, con odio y desprecio. Para apretar el gatillo no dudará instantes. Estamos en guerra, en la guerra de clases y no muchos se han dado cuenta. Con esa imagen en la mente iba avanzado dentro del recinto. Mi lista mental me hizo correr directamente a los pañales. Nada quedaba, luego de hurgar unos violentos segundos me abalanzo sobre la leche. Ya no pensaba en ese milico que puede asesinarme legalmente, ese milico que puede violarme y torturarme como el día de ayer en la historia. Escucho el grito de que vienen los milicos y se me estalla el pecho. Cierro apresuradamente las bolsas ecológicas y emprendo vuelo a toda marcha en un lugar pequeño, lleno de gente enardecida, enrabiada y temerosa, corriendo por un piso que estaba reventado de cosas bizcosas y resbalosas.

Me gusta la palabra saqueo, pero no la relacionaría de ninguna manera con la palabra robar en esta guerra. Saqueo es justicia, expropiación de lo mismo que se nos ha sido usurpado. Nosotros como clase trabajadora somos quienes hacen el trigo, el pan, su distribución y su mismo consumo, pues es lógico que su ganancia también quede con nosotros. Pero no es así, y que gusto me daba mirar alrededor, todos actuando en esta guerra, guardando comida y priorizando mientras grito que acá había leche, y muchos se acercaban corriendo y yo recordaba las imágenes de esos plasmas en primer plano mientras sólo veía familias decididas a tomar con su puño lo que le pertenecían. Yo también necesitaba leche, y también una caja de colados grandes pa mi guagua chica.Y ahora por fin sabían que le pertenecían. Que importante pensaba, el pueblo que se reconoce como pueblo, inaudito para muchos luchadores de academia. Este es pueblo que te dice que aquí se respira lucha, porque el presente es nuestro y de nadie más.

Aún habían algunos obstáculos para llegar a casa, pero saber que de lograrlo tendría más mercadería que en mis nueve años laborales me animaba. Algunos me apoyaban, otros sin embargo, miraban con recelo.
Por una calle cerca del hospital de Coquimbo huyen capuchas secundarios, que me advierten que los pacos andan quitando todo y que me esconda por ahí. La presión reina mis sentidos, y a la plaza espero inquieto mi destino, mirando el ajetreo, deseando que no pase la yuta, cuando uno de los capu me dijo “Tío, mire, tiene que pasar rápido por acá, que nosotros hablamos y vamos a avanzar para que pueda llegar con la leche pa su casa y no le falte”, “Sí, vamos a pelearle a los bastardos y no le van a quitar lo que recuperó”. Rápidamente me esfumé entre las barracas, oyendo el reventar de unas mechas en el asfalto. Llegué tiritando a la casa. Fui recibido con abrazos que se dan luego de una espera ansiosa, y por sobre todo temerosa. Cerrando la puerta me siento victorioso, luego de años en decadencia y desdicha, sentía una pequeña gran victoria contra quienes nos dominan. Enciendo la tele mientras guardamos las cosas en la cocina, y me entero que en el mismo supermercado del que acababa de salir, había quedado un compañero asesinado por las fuerzas del Estado. Mi compañera me abraza fuerte y me dice “Resistencia”: ella sabe que mañana tendré que volver.

 

Medjai. Desde Coquimbo

 

“Los anarquistas son cazadores incansables
de utopías; buscan los invisible, lo extraen
de los intersticios del tiempo y lo cultivan
en la vida diaria”.
Claudio Albertani.

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